El gobierno nacional avanza con el proceso de privatización del sector nuclear argentino y tiene casi lista la entrega de soberanía del Estado para que pase a manos privadas.
Es que las empresas privadas controlarán el 45% de la energía nuclear en Argentina y si bien muchos afirman que “revolucionarán el negocio”, el país pierde control sobre empresas como CONUAR, Nucleoeléctrica y Dioxitek que son consideradas empresas “estratégicas” por su impacto productivo, social, energético, científico y tecnológico.
Pero claro, no es esa la visión del Estado que tienen en el Gobierno y ven en la actividad nuclear un negocio para el impulso de la IA y la demanda ininterrumpida de energía. Es que el sector se volvió atractivo para los capitales internacionales y por eso, a fines del 2025 Donald Trump le exigió como contraparte de un préstamo de 20 mil millones de dólares a la Argentina, que Milei le abra el camino a la intervención de las empresas estadounidenses en el sector nuclear.
El objetivo de Estados Unidos es capitalizar el “know how” argentino en el desarrollo de centrales nucleares para sus bancos de datos de Inteligencia Artificial, que requieren la creación de reactores nucleares modulares.
Ese es el escenario del proceso de transformación de las empresas públicas en la Argentina y que integran, ahora, al denominado ecosistema nuclear, que permiten desarrollar toda la cadena de valor de sus componentes.
Un paso hacia la pérdida de soberanía sobre la actividad nuclear
Con el marco normativo delimitado tras la sanción de la Ley Bases, el Decreto 695/2025 y la Resolución 1751/2025 del Ministerio de Economía, el Poder Ejecutivo nacional puso en marcha la ingeniería legal para licitar el 44% del paquete accionario de Nucleoeléctrica Argentina S.A. (NASA)
El Estado retendrá el 51% del capital con derecho a voto y destinará un 5% al Programa de Propiedad Participada. De esta manera, el mercado local abre la puerta al capital privado en un activo estratégico que aporta cerca del 7,5% de la energía eléctrica del país.
Para los inversores, la entrada en NASA ofrece un flujo de caja previsible respaldado por contratos de venta de energía de base ininterrumpida al Sistema Argentino de Interconexión (SADI), remarca el documento, destacó el analista.
Sin embargo, como se mencionó antes, el riesgo es la pérdida de control soberano sobre activos que son estratégicos y que el Estado conserva en cualquier país del mundo por el impacto intangible que tiene para el sector productivo, social, científico y tecnológico. Perder ese control implica que sean los privados y sus intereses comerciales los que definan entre otras cosas el precio de la energía, por ejemplo, afectando a PyMEs, o la transferencia de tecnología desde las universidades y centros de investigación.

La integración de la energía nuclear al sistema
Las centrales Atucha I, Atucha II y Embalse representan un soporte técnico imprescindible ante la volatilidad de los precios internacionales de los hidrocarburos y la intermitencia de las fuentes renovables. A diferencia de la energía solar o eólica, la generación nuclear funciona sin depender de factores climáticos, ofreciendo estabilidad las 24 horas del día.
En el aspecto operativo, NASA mantiene altos estándares de eficiencia. Tras completar su Revisión Programada, Atucha II se reconectó anticipadamente a la red eléctrica nacional, mientras que la empresa concentra sus esfuerzos en la Extensión de Vida Útil de Atucha I.
Esta obra estratégica, que ya supera el 50% de ejecución técnica, requiere financiamiento privado dentro del pliego de licitación para extender la operación segura del primer reactor de América Latina por un nuevo ciclo de 20 años.

La inversión privada
El sector privado sostiene que la inyección de capitales permitirá ejecutar obras clave como la ampliación del Almacenamiento en Seco de Elementos Combustibles Gastados (ASECG II) en Atucha II, en un contexto donde el Tesoro congeló las partidas públicas directas.
Este giro en la Argentina coincide con una profunda reconfiguración de la matriz energética internacional. Esta reactivación no responde únicamente a los compromisos climáticos de descarbonización -donde la energía nuclear emite cero CO2 directo y presenta una huella ambiental inferior a la solar fotovoltaica-, sino a un fenómeno tecnológico emergente con la demanda masiva e ininterrumpida de electricidad que imponen los centros de datos dedicados a la Inteligencia Artificial (IA).

Un regalo de Milei para los centros de datos de Trump
En Estados Unidos, donde existen 94 reactores operativos, grandes corporaciones tecnológicas firmaron acuerdos comerciales sin precedentes para garantizarse suministro libre de carbono las 24 horas del día.
El caso paradigmático es el contrato suscrito entre Constellation Energy y Microsoft a 20 años para reabrir el reactor de Three Mile Island, destinado íntegramente a alimentar los data centers de la compañía informática. Un patrón similar se observa con la reactivación de la planta Palisades en Michigan para aliviar la red regional golpeada por la demanda informática.
La reorientación de la política nuclear argentina implica también un cambio geopolítico. Las autoridades discontinuaron definitivamente el preacuerdo heredado con la firma estatal china CNNC para la construcción de la cuarta central convencional (Atucha III) basada en tecnología Hualong One.
Parálisis del sector nuclear argentino
Ante la suspensión de las obras públicas y la parálisis presupuestaria en proyectos nativos como el reactor CAREM 25 y el RA-10 en Ezeiza, la estrategia oficial prioriza esquemas de financiamiento corporativo y alianzas con proveedores occidentales.
La estrategia se alinea con el interés de firmas norteamericanas para inyectar dólares bajo el paraguas del Régimen de Incentivos a las Grandes Inversiones (RIGI). Un ejemplo clave resaltado en el reporte es la propuesta de Nano Nuclear Energy para desembarcar en la firma local Dioxitek, con el objetivo de optimizar el procesamiento doméstico de uranio y posicionar a la Argentina como un proveedor confiable de combustible procesado hacia el mercado estadounidense.