La Universidad de Buenos Aires (UBA) presentó un relevamiento sobre el estado de la salud mental de la población argentina. El informe realizado por el Observatorio de Psicología Social de la UBA expone una serie de datos preocupantes sobre el bienestar psicológico de la población.
Entre los principales hallazgos, se destaca que el 6,5% de los argentinos y argentinas presentan riesgo de desarrollar un trastorno mental, con una incidencia mayor entre los sectores más jóvenes. A su vez, el riesgo suicida aparece con más frecuencia en personas de menor edad y en quienes perciben tener un nivel socioeconómico más bajo.
60% de los argentinos con síntomas depresivos
Casi el 60% de la población argentina no duerme bien: el estudio advierte que el 58,69% de los encuestados manifiesta sufrir alteraciones del sueño. También el 52,40% considera estar atravesando una crisis personal o vital, a la que atribuyen en su mayoría vínculos con preocupaciones económicas. En este marco, la mitad de las personas que no realizan tratamiento psicológico aseguran necesitar asistencia profesional, aunque indican no poder acceder a ella por su costo.
“Solamente el 22,29% de los participantes informa no tener problemas para dormir. Este porcentaje es similar al del año anterior (2024). Las alteraciones del sueño se encuentran entre las problemáticas más relevantes, ya que afectan uno de los pilares de la salud física y mental (junto con la actividad física y la alimentación). En particular, el grupo que reporta dormir poco aumentó de manera marcada a lo largo de los años: pasó del 10,53% en marzo de 2020 al 38,20 % en el presente estudio“, dice el estudio, que recogió datos durante los últimos meses del año pasado.
En relación con las nuevas tecnologías, el 97,19% de los participantes afirmó utilizar redes sociales y el 58,98% dijo usar herramientas de inteligencia artificial (IA). Según el informe, ambas prácticas se vinculan con mayores niveles de ansiedad y malestar emocional, aunque no se detectaron diferencias significativas en síntomas depresivos.
“En nuestros análisis, el uso de IA se vinculó con mayores niveles de ansiedad y malestar psicológico global, mientras que la preferencia por interactuar con una IA antes que con un profesional humano se asoció con indicadores consistentemente más altos de sufrimiento psicológico, incluyendo riesgo suicida. En este punto resulta importante señalar que se trata de asociaciones transversales, por lo que no es posible establecer relaciones causales. No obstante, estos hallazgos sugieren que el vínculo entre salud mental y tecnologías digitales podría depender menos del uso en sí mismo y más del modo de utilización, las motivaciones y las condiciones subjetivas y contextuales en las que estas herramientas se incorporan”, dice el estudio.
Sin políticas públicas para el tratamiento de la afección
Los especialistas remarcan la necesidad de implementar políticas públicas orientadas al monitoreo, la detección temprana y la intervención en salud mental. En ese sentido, sostienen que tanto las redes sociales como la inteligencia artificial podrían convertirse en herramientas útiles para la promoción y prevención, siempre que su uso sea acompañado por estrategias adecuadas.
También recomiendan impulsar políticas de salud que fomenten hábitos saludables –entre los que se destaca, con un rol muy importante contra la depresión y otros trastornos, el deporte–, desalienten conductas problemáticas y amplíen el acceso a tratamientos psicológicos.
En términos generales, las mujeres registraron niveles significativamente más altos de malestar psicológico en comparación con los varones. También presentaron una mayor presencia de síntomas depresivos, aunque no se encontraron diferencias de género estadísticamente relevantes en los niveles de ansiedad.
Por otro lado, quienes se perciben pertenecientes a sectores de menores ingresos obtuvieron puntajes considerablemente más elevados en ansiedad y depresión respecto de quienes se perciben parte de las clases medias y altas. Entre estos dos últimos grupos, en cambio, no se observaron diferencias significativas.

La crisis económica, eje de problema
La edad también aparece como un factor determinante en relación a los problemas de salud mental. Los adultos jóvenes exhibieron niveles de ansiedad notablemente superiores a los de los adultos mayores. La misma tendencia se registró en los síntomas depresivos: los participantes más jóvenes mostraron mayores índices de depresión en comparación con las personas mayores de 60 años. En síntesis, el estudio concluye que a menor edad y menor nivel socioeconómico, mayores son los niveles de ansiedad y depresión.
El estudio se realiza desde 2018 con muestras en los meses de noviembre y diciembre (en este caso de 2025) para publicar los datos al año siguiente, después de analizarlos.
La investigación tuvo como objetivo analizar síntomas psicológicos inespecíficos, cuadros depresivos y de ansiedad, además del riesgo suicida, en población adulta de entre 18 y 65 años en Argentina. También examinó la relación entre los síntomas psíquicos, ciertos rasgos de personalidad y conductas asociadas a hábitos saludables o problemáticos.
Tratamientos y atención
Otro de los ejes abordados fue el acceso a tratamientos de salud mental y la percepción de necesidad de atención psicológica, así como los obstáculos que dificultan recibir asistencia. Además, el informe incorporó datos sobre el uso de redes sociales e inteligencia artificial y su impacto en la salud mental. Se trata de prácticas recientes y cada vez más extendidas en distintos grupos etarios y sectores sociales.
En cuanto al riesgo suicida, el trabajo señala que los jóvenes de entre 18 y 29 años registran niveles significativamente más altos que los grupos de mayor edad. Las personas mayores de 60 años, en cambio, presentaron los índices más bajos de suicidabilidad, muy por debajo de todos los grupos menores de 50 años.
Respecto de las estrategias para afrontar el malestar psicológico, el 40,87% de los encuestados indicó que recurre al diálogo con amigos o familiares. En tanto, el 28,80% señaló acudir a un psicólogo, el 21,28% realiza actividad física, el 18,67% toma medicación, el 16,79% practica algún tipo de rezo y el 6,02% admitió consumir alcohol u otras drogas y estimulantes.
El 29,15% de los participantes afirmó encontrarse actualmente bajo tratamiento psicológico. Dentro de ese grupo, el 54,47% realiza terapia de manera presencial y el 45,52% recibe atención online mediante sesiones sincrónicas. Entre quienes no están en tratamiento, el 50,05% considera necesitar asistencia psicológica, mientras que el 31,41% sostiene no requerirla.
Dificultades económicas
Entre los principales obstáculos para acceder a un tratamiento, el 43,44% mencionó dificultades económicas. Otros participantes señalaron problemas para conseguir horarios, falta de cobertura por parte de obras sociales o prepagas, ausencia de servicios gratuitos o limitaciones vinculadas a la modalidad presencial y virtual.
El sueño también aparece como un indicador preocupante. El 58,69% de los encuestados reconoció sufrir dificultades frecuentes u ocasionales para dormir, mientras que apenas el 22,29% aseguró no tener problemas de descanso.
En relación con las crisis personales, el 35,85% afirmó estar atravesando una situación crítica. Entre los distintos tipos de crisis mencionadas, el 55,91% señaló problemas económicos, como bajos ingresos o deudas; el 52,40% indicó atravesar una crisis vital y el 36,37% manifestó enfrentar conflictos familiares. También aparecieron otras situaciones como crisis de pareja, duelos, conflictos vocacionales, problemas de identidad, violencia en distintos ámbitos y procesos migratorios.
Mayor demanda de servicios de salud mental
Las conclusiones del estudio, para Adelqui Del Do, especialista en Psicología Clínica y docente de Psicología, Ética y Derechos Humanos en la UBA, están en consonancia con lo que se viene escuchando en los territorios: los directores de hospitales, tanto del sistema público como de las obras sociales. “Lo que observan es una mayor demanda de servicios de salud mental, y un aumento del riesgo suicida. Es esperable que las situaciones de crisis, del mismo modo que sucedió en el 2001, implican también el aumento del malestar psicológico claramente vinculado a determinantes sociales“.
“Esto además tiene un agravante que es que ante una mayor demanda por salud mental, el Estado nacional se retira, sobrecargando a las provincias y a los municipios. Se retira con el Remediar, con los fondos para las provincias, con una propuesta de una nueva ley de salud mental regresiva, que es una ley de ajuste”, agrega Del Do.
El estudio relaciona la gravedad de la sintomatología y los padecimientos con la mayor disposición a la utilización de IA y redes sociales como forma de buscar ayuda o respuestas. Para la psicoanalista feminista y escritora Lila Feldman “esta relación que el estudio se ocupa de ubicar como ‘no causal’, sino apenas como una ‘relación’, parece indicar que el recurso de la IA no solamente no brinda la ayuda pertinente sino que más bien profundiza el aislamiento, la soledad, y el reforzamiento de los padecimientos, confinados al circuito de la ‘solución individual’ y a las ‘respuestas’ deshumanizadas“.
“Toda nuestra experiencia y acopio de conocimientos permite ser contundentes en entender que las salidas son colectivas y se encuentran en espacios terapéuticos genuinos y encuentros entre humanos. La importancia indudable del lazo social no es un clisé ni un slogan sino una condición de cualquier política de salud mental y propuesta terapéutica. La IA y las redes sociales no sustituyen ni contienen ni realizan ningún lazo que signifique presencia, sostén y cuidado”, concluye Feldman.