Tomás Mac Loughlin, investigador del CONICET, y Marcos Navarro, ex becario del organismo en el Centro de Investigaciones del Medio Ambiente (CIM, CONICET-UNLP-asociado a CICPBA), se abocaron junto a colegas a la tarea de monitorear la presencia de plaguicidas y fármacos de uso veterinario en arroyos que atraviesan el cordón frutihortícola de la región La Plata. Los resultados del estudio fueron recientemente publicados en la revista Chemosphere.
Si bien la búsqueda de restos de plaguicidas en los cuerpos de agua de la ciudad es un aspecto representativo de los proyectos más emblemáticos del grupo de investigación, lo que se añade en este trabajo es el monitoreo de otro tipo de sustancias: los fármacos de uso veterinario, inaugurando de esta manera una nueva rama de estudios a nivel local.
Contaminantes
“Forman parte de los contaminantes denominados emergentes porque no han sido monitoreados históricamente”, explica Navarro acerca de estos residuos provenientes de los sistemas intensivos de producción animal, en este caso aves de corral.
“Hablamos de la cama de pollo, una mezcla de materiales de origen vegetal, como cáscara de cereales o viruta de madera, con excretas de los animales que se comercializa como enmienda orgánica para cultivos porque aporta beneficios químicos, físicos y biológicos para el suelo”, apunta Navarro.
Los expertos del CIM se propusieron dilucidar si estos fármacos pueden viajar desde el suelo hasta los arroyos. “Nuestra hipótesis de trabajo fue que, una vez que la cama de pollo es incorporada a la tierra, los compuestos pueden ser movilizados por el agua de lluvia si la producción es a campo o a través del riego en el caso de los invernáculos y, de esta manera, estar llegando a los cuerpos de agua mencionados”, relata Mac Loughlin.
Arroyos platenses
El equipo investigó los arroyos Carnaval, El Gato y El Pescado en ocho sitios diferentes, y efectivamente se demostró que las plantas acuáticas de esos ambientes tienen la capacidad de incorporar la fracción disuelta de los contaminantes. Son la Lemna gibba, también llamada “lentejita de agua”; Pistia stratiotes o “repollito de agua”; y Eichhornia crassipes o camalote, entre otras. El hallazgo es importante por varias cuestiones. Por un lado, funciona como una fuerte advertencia sobre los verdaderos niveles de contaminación de dichas cuencas: la absorción de estos compuestos por parte de la flora podría estar enmascarando su verdadera presencia en el medio, y los resultados de pruebas analíticas en muestras de agua registrarían una polución menor a la real.
“Esta indagación es en sí misma un resultado destacado, porque la mayoría de los monitoreos de contaminantes se concentra en el agua y los sedimentos, sin tomar en consideración a las plantas acuáticas como una matriz de estudio. Nosotros las incluimos y obtuvimos datos importantes, junto con el hecho de ser el primer reporte de la presencia de estos fármacos veterinarios en los cursos de agua de la región”, enfatizan los especialistas. En cuanto a los plaguicidas –mucho más estudiados por su aplicación directa sobre los cultivos y su impacto en el ambiente–, también dicen presente en este trabajo, que evidencia la existencia de insecticidas de uso agrícola como el clorpirifos –prohibido en el país desde 2021–, e incluso del herbicida más ampliamente cuestionado: el glifosato.
Capacidad de absorción
Pero no todas las novedades son preocupantes, porque la capacidad de absorción de las plantas acuáticas abriría la puerta a posibles estrategias de mitigación o remediación. “Lo planteamos como una perspectiva a futuro de la mano de una tecnología eco-compatible llamada humedales construidos”, señala Mac Loughlin.
“Consiste en replicar lo que ocurre en un humedal natural en cuanto al rol ecológico de cada especie, pero a menor escala, instalando plantas nativas en las salidas de los puntos de drenaje de las quintas para interceptar diversos contaminantes de origen agropecuario y así disminuir el aporte que puede llegar a los arroyos”, añade.