Periferia

11 de Julio de 2019

Erica Carrizo / Doctora en Ciencias Sociales/ Investigadora de la UNSaM.

Ciencia argentina: problemas coloniales

En un clima de asfixia constante al presupuesto del sector científico y tecnológico en Argentina y América latina, Erica Carrizo, investigadora de la UNSAM, rastrea las raíces coloniales históricas del desfinanciamiento. Colonialismo, eurocentrismo y patrones ideológicos de las élites locales configurando los Estados latinoamericanos.

Por Erica Carrizo

La profundización de la crisis de financiamiento por la que atraviesa el sector científico-tecnológico argentino, en el marco del regreso del paradigma neoliberal a la gestión de la esfera pública, recientemente ha desencadenado una serie de debates en los que insistentemente se focaliza en un aspecto del conflicto: la falta de presupuesto. Nos proponemos en esta oportunidad analizar la verdadera naturaleza de los problemas que subyacen al actual estado de situación

Para empezar, delimitemos con claridad el tema que nos ocupa: la producción científica y el desarrollo tecnológico nacional se vinculan a graves falencias estructurales que no son la consecuencia del recorte presupuestario actual, dado que tienen una historia de aproximadamente setenta años. El recorte, y su política pública asociada, agrava y recrudece estas falencias, además de generar otras, no es la explicación de todos los males. Tal es la complejidad, la envergadura, y la trayectoria del problema, que quienes verdaderamente se comprometan y dispongan a enfrentarlo no pueden permitirse errores de diagnóstico. No a ésta altura. 

Si la historia de estos problemas, propios del campo de la política científica y tecnológica, se origina en nuestro país a mediados del siglo XX, las raíces históricas del tipo de Estado que los encarna y reproduce, se ubican en la conquista de América. Es durante la conquista cuando se origina el sistema mundo colonial moderno, con el capitalismo como forma de organización política, social y económica hegemónica, y se inventan las categorías sociales que justificarán la explotación de este lado del mundo para sustentar el desarrollo de los conquistadores. Como con gran lucidez lo explica Aníbal Quijano en su teoría de la colonialidad del poder, brillantemente complementada por los aportes y las reinterpretaciones de Rita Segato, es la categoría de “raza” la que signaría el destino postconquista de nuestro pueblo

En el intento fallido de biologizar la supuesta inferioridad de los pueblos del continente americano, a través de una maniobra de índole sociopolítica sin correlato en la naturaleza, se originaron las categorías analíticas que sustentaron un nuevo orden mundial: “negros”, “indios”, “mestizos”, los inferiores, asociados a una condición pre-capital, primitiva, tradicional, irracional, subdesarrollada, debían sacrificarse “ejerciendo un trabajo de menor calificación, entregando los bienes naturales de sus territorios, o directamente pagando con la muerte” para posibilitar el desarrollo del “blanco” y la instalación de los valores que entonces se convertirían en guías universales: el capital, lo moderno, lo evolucionado, el progreso, lo productivo, lo científico. Surge así una nueva mirada de la historia, el paradigma eurocéntrico, que adjudica a nuestros pueblos una identidad falsa: la de los vencidos quienes, para superar su fracaso originario, paradójicamente estarían llamados a aplicar el método de sus verdugos. 

Esta promesa pragmáticamente impracticable caló muy profundamente en la ideología de las elites criollas de la región que corporizarían la constitución de un Estado con un defecto de formación irresoluble: operar con el mandato, la perspectiva, y el manual de procedimientos de los conquistadores para impulsar procesos de desarrollo que, a diferencia de los originados en la conquista, supone, a la vez, ser vencedores y vencidos ¿Pero quiénes serían los destinados a encarnar la derrota en el camino hacia el desarrollo capitalista de América Latina, sino son las categorías raciales menos evolucionadas de esos “inferiores” que inventó la conquista, o sea, nosotros mismos?  

Esta falacia, con algunos elogiosos intentos de ruptura, sigue operando en la racionalidad de los Estados latinoamericanos, y en sus políticas públicas. Es por eso que otras formas de desarrollo socioeconómico compatibles con la construcción soberana de un futuro común, que debe permitir la digna expresión y no la forzada supervivencia de la diversidad de culturas y proyectos históricos alternativos al capital que nos constituyen “silenciados y cancelados desde la conquista”, implica la deconstrucción del Estado. La deconstrucción de la sociedad, en definitiva, la deconstrucción de nosotros mismos y la reconfiguración de nuestra verdadera identidad. No es este tipo de Estado, cuyo colonialismo perdura hasta nuestros días, el que podrá encarar las transformaciones necesarias.  

Pero ¿Cómo se traduce esto al campo científico y tecnológico nacional?¿Es posible que la política científica y tecnológica quede exenta de este defecto de formación que atraviesa al Estado y de la influencia del paradigma eurocéntrico?¿Cuáles son los mecanismos que viabilizan este defecto no asumido y cómo impacta en la producción científica y tecnológica local?¿Por qué sería erróneo adjudicarle los problemas asociados exclusivamente a las políticas neoliberales? 

*Doctora en Ciencias Sociales. Investigadora de la UNSAM. 

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